Dios y Luzbel coincidieron en la consulta
del urólogo. Tras recibir malas
noticias respecto a sus próstatas,
Dios propuso que fueran a tomar
un café. El diablo, que se jactaba de
haber inventado la lucha de clases,
se resistió por miedo a que aquello
dañara su reputación. Pero el Todopoderoso
dijo que se lo debía: “No
habrías podido descubrir la lucha de
clases si yo no hubiera concebido
previamente las clases”. Tras pedir
las consumiciones, Dios le preguntó
quién le había recomendado aquel
urólogo, y si podía pagarlo. “Le
compré el alma al poco de que terminara
la carrera”, dijo Satán, “a cambio
del éxito. Durante estos años
han pasado por sus manos las próstatas
de los artistas más famosos, de
los escritores con más prestigio, de
los obispos con la mitra más larga…
No me cobra nada con la esperanza
de que en un arranque de generosidad
le devuelva el alma. Si nos saca
adelante, igual se la devuelvo”.
Dios le agradeció el interés por
su salud, pero dijo que había pocas
esperanzas. “Además”, añadió, “estoy
cansado de llevar esta doble vida.
Predico la bondad, pero ya ves
que la gente tortura y mata y se suicida
en mi nombre. Al principio me
divertía que resultara tan fácil proclamar
una cosa y hacer otra, pero
ha dejado de hacerme gracia. También
tú estarías harto si tus seguidores
fueran tipos como Bush o Bin
Laden. La verdad es que habría dado
cualquier cosa por tener entre
mis filas a algunos de tus admiradores”.
“Si te gusta Julio Iglesias”, objetó
el diablo, “no puedes pretender
llenar los estadios con aficionados a
los Rolling. Tienes que ser un poco
coherente”. “Hay algo”, añadió
Dios, “que llevo muy mal, y es la
sospecha de que al final tú has sido
el más feliz de los dos”.
“No te creas”, respondió el diablo,
“cuando me di cuenta de que
yo, comparado contigo, era un pedazo
de pan, se me vino el mundo abajo.
Por más empeño que ponía en
hacer bien el mal, tú siempre me
sacabas una cabeza de ventaja. Por
decirlo rápido: yo debería haber inventado
las clases sociales, desde luego,
pero también la Inquisición, y el
Opus y los cilicios de siete puntas”.
“Total, que somos un par de fracasados”,
resumió el Creador llamando
al camarero. Pagó la cuenta el diablo,
porque Dios no llevaba suelto.